Guisante forrajero y leguminosas de otoño: forraje de calidad y nitrógeno gratis
Hay pocas decisiones en la explotación que den tanto a cambio de tan poco como sembrar una leguminosa de otoño. El guisante forrajero, solo o en mezcla con veza o cereal, produce un forraje de excelente calidad y, de paso, deja en el suelo nitrógeno que el siguiente cultivo no tendrá que pagar. Estas son las cinco claves para que funcione.
1. El doble beneficio: forraje y suelo
El guisante forrajero aporta forrajes con contenidos en proteína que pueden superar el 20 % sobre materia seca, muy apetecibles para el ganado. Pero el beneficio menos visible es el agronómico: gracias a la simbiosis con las bacterias del género Rhizobium, la planta fija nitrógeno atmosférico y lo incorpora al sistema. Se estima que una buena leguminosa puede dejar entre 30 y 60 kg de N por hectárea disponibles para el cultivo siguiente. En tiempos de fertilizantes caros, eso es dinero.
2. La inoculación: pequeño coste, gran diferencia
Aquí está el punto que más veces se pasa por alto. Para que la simbiosis funcione, la bacteria adecuada tiene que estar presente en el suelo y colonizar las raíces formando nódulos. En parcelas donde hace años que no se siembra esa leguminosa (o nunca se ha sembrado) la población natural de Rhizobium específico puede ser insuficiente.
La solución es la inoculación de la semilla: un trámite sencillo y barato que consiste en tratar la semilla con la cepa bacteriana correcta antes de la siembra. La diferencia entre una leguminosa bien nodulada y otra que no lo está se traduce directamente en kilos de forraje y en nitrógeno fijado. Si no sabes qué inoculante utilizar o dónde conseguirlo, pregúntanos: desde el departamento técnico de Feroen te indicamos cómo plantearlo para tu caso.
3. La fertilización: poco nitrógeno, mucha cabeza
Error típico: abonar la leguminosa con nitrógeno “para que tire”. Si la planta recibe nitrógeno mineral fácil, simplemente deja de fijarlo y perdemos el principal beneficio del cultivo.
Lo que sí necesita el guisante es fósforo y potasio bien colocados al inicio. El fósforo es esencial para la nodulación y para el funcionamiento energético de la fijación de nitrógeno; el potasio, para el llenado y la calidad del forraje. Una base fosfatada tipo MAP (11-52-0) a la siembra es una opción muy eficaz en suelos que lo necesiten, y en parcelas con poca actividad biológica una aplicación de Ferorganic (el abono orgánico líquido de Feroen con extractos vegetales, potasio y ácidos fúlvicos) ayuda a mejorar las condiciones biológicas del suelo donde las raíces y los nódulos van a trabajar.
4. Solo o en mezcla: dos estrategias válidas
Sembrado en pureza, el guisante forrajero da el máximo de proteína por hectárea, ideal para heno o ensilado de calidad. En mezcla con cereal (avena, cebada, veza+cereal), se gana estabilidad del cultivo, mejor equilibrio fibra-proteína y menor riesgo de encamado. La elección depende del destino del forraje.
5. Piensa en el cultivo que viene después
La leguminosa no termina cuando se siega. Si gestionas bien los restos (incorporándolos o dejándolos en superficie según tu sistema), el nitrógeno fijado queda disponible para el siguiente cultivo de la rotación, que podrá abonarse con una dosis menor. Es agricultura de sentido común: el suelo trabaja para ti una temporada más.
¿Quieres plantear una rotación con leguminosas en tu explotación? Cuéntanos qué cultivos manejas y desde Feroen te ayudamos a ajustar la fertilización de toda la secuencia, no solo la de una campaña.